Algo se descompone en la cabeza y el corazón cuando observas la pobreza detrás de un objetivo y, antes de estremecerte, te sientes hipnotizado. Sin pretenderlo, te encuentras atrapado por la trágica sencillez de quiénes te observan más que con desaire con compasión. Y resulta inexplicable que sus ojos no sean los tuyos. Visitando el mercado flotante de Cai Rang puedes llegar a pensar que el único sentido de su existencia es que otros te lo muestren como algo pintoresco. Sería fácil engañarse y pensar que su modo de subsistir es parte de un decorado, que cuando te vas, ellos vuelven a sus hogares, y las barcazas y “sampans” quedan solitarias flotando en el Mekong. Pero no es así. Todo cuanto tienen está a la vista: la fruta empalada a la venta, su casa, su labor, su alma… Su verdad te desnuda, y no sabes muy bien lo que te has llevado cuando te alejas.



























